(Martina De Santo 01) Los Hermanos De La Costa by Juan Bolea

(Martina De Santo 01) Los Hermanos De La Costa by Juan Bolea

Author:Juan Bolea
Language: es
Format: mobi
Tags: det_police
Published: 2010-04-21T22:00:00+00:00


25

La tarde caía sobre el delta.

Martina necesitaba respirar aire fresco, por lo que salió a caminar por los alrededores de la posada. Se alejó hacia los prados. Frente a ella, el mar se iba cubriendo de una espesa bruma. Anduvo un cuarto de hora por serpenteantes caminos. Más abajo, en la playa, ya lejos del pueblo, distinguió una edificación encalada, rectangular, de dos plantas, con un rótulo de neón en la fachada.

Descendió por una senda escarpada y se acercó al club. Un hombre de unos treinta años de edad y pelo rubio, corto y duro, estaba barriendo el balasto que daba acceso al Oasis. Se había quitado la cazadora, que colgaba del mango de un rastrillo. Su cuello brillaba de sudor.

La puerta del garito se abrió para dejar salir a una mujer envuelta en un quimono con un dragón bordado. Iba despeinada, como si acabara de levantarse, o no se hubiera acostado aún.

—¡Mueve el culo, Cayo! —gritó—. ¡Hay mucho que hacer en mi casa! ¡Que también es la tuya, para desgracia mía!

El tono, más que imperioso, despótico, pareció intimidar a su destinatario. Cayo dejó lo que estaba haciendo y desapareció en el interior del antro.

Puesta en jarras, con la cabeza ladeada como un ave de presa, la matrona se quedó mirando a Martina de Santo; preguntándose, tal vez, qué andaría buscando por aquellos parajes una elegante señorita de ciudad ataviada con sombrero y una gabardina entallada que hacía destacar la esbeltez de su cintura. Después se retiró y cerró de un portazo.

Aunque ya no era la bailarina en plena juventud que sedujo a Horacio Muñoz, Martina había reconocido en el acto a Rita Jaguar. Eran sus mismas facciones, aunque abotagadas por la obesidad y el paso de los años. La misma salvaje melena pelirroja que debió lucir en sus tiempos de gloria, junto a sus serpientes y sus biquinis de lentejuelas, antes de casarse con aquel desdichado carpintero de Bolscan y abandonar las candilejas. La subinspectora no tuvo ninguna duda. Se trataba de aquella misma leona que bailaba desnuda ante un escenario con palmeras pintadas, y que sabía sojuzgar a los hombres.

La subinspectora decidió dar un vistazo al local.

Tras cerciorarse de que nadie la veía, rodeó un seto de castigados ailantos, cuyas raíces se hundían en un compacto albero, allá donde la agreste playa había sido nivelada y aplanada para cimentar la construcción. A través de sus ramas se distinguía otro seto, éste más tupido. Martina avanzó hasta la parte trasera, protegida con una valla de ladrillo erizada de cristales y un cerrado portón que sólo debía poder abrirse desde el interior. Empujó un contenedor repleto de botellas rotas y lo apoyó contra la pared para usarlo como atalaya. Por encima de la valla vio un jardín seco, una especie de estanque, o de fuente, con cuatro ranas de hierro expulsando chorritos de agua hacia los puntos cardinales y, en el centro, junto a una destartalada pérgola, un mísero escenario de café-concierto, con un piano y otros instrumentos abandonados al aire libre, como si los músicos fueran a regresar de un momento a otro.



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